
Lula no es fotogénica. Está claro. Ni nació para posar. El color de su pelaje, a pesar de ser muy vistoso, no es fácil de capturar por su contraste. Para complicarlo más es muy curiosa, por lo que no deja de moverse y no ceja en su empeño de oler la lente. Y cuando lo consigue desconfía de ese objeto que le persigue y huye. Así, lo único que puede conseguirse la mayoría de las veces es un borrón de gato desenfocado y movido.
















